Valonia aprueba el CETA; Francia resiste

A legal architecture of paper must hold the immense weight of global commerce.
Composición de imagen · tobriefEl Parlamento regional de Valonia, con sede en Namur y representación sobre unos 3,6 millones de habitantes del sur francófono de Bélgica, votó el 18 de junio a favor de ratificar el CETA, el acuerdo comercial entre la UE y Canadá. Es la misma cámara que bloqueó el pacto en 2016, cuando una votación local se convirtió durante unos días en símbolo mundial de fricción democrática. La paradoja constitucional que dejó al descubierto sigue intacta: Bruselas puede negociar durante años acuerdos comerciales de gran alcance, pero un solo parlamento regional puede detener toda la maquinaria.
El acuerdo que ya funciona
El sí de Valonia no abre de golpe el comercio con Canadá. La mayor parte del CETA se aplica de forma provisional desde septiembre de 2017. El acuerdo cubre aranceles sobre bienes, contratación pública, servicios y cooperación regulatoria (EUR-Lex). Las empresas llevan casi nueve años utilizando esas reglas comerciales. La Comisión Europea presenta el pacto como ampliamente operativo.
Lo que sigue encallado es el Sistema de Tribunales de Inversiones, un tribunal propuesto para que los inversores extranjeros puedan impugnar decisiones públicas al amparo del tratado. Esas disposiciones exigen la ratificación individual de todos los Estados miembros, porque el CETA es un «acuerdo mixto»: algunas competencias corresponden solo a Bruselas, como la fijación de aranceles, pero el derecho de inversiones sigue en manos de las capitales nacionales. El Tribunal de Justicia de la UE confirmó ese reparto y, por separado, declaró compatible el tribunal con el derecho europeo. La compatibilidad jurídica no ha resuelto el problema político.
La mitad comercial funciona. La arquitectura legal de protección al inversor sigue esperando.
Quién gana y quién pisa el freno
Las economías más dependientes de la exportación ven los acuerdos comerciales como una forma de proteger empleo. Cerca de un tercio del empleo neerlandés depende de las exportaciones, que generaron 375.900 millones de euros en 2023, según Rijksoverheid, el servicio público de información del Gobierno neerlandés. Para Países Bajos, Irlanda, Dinamarca o Suecia, pactos como el CETA no son diplomacia abstracta: sostienen puestos de trabajo. El instituto alemán ifo estimó que el CETA podría triplicar las exportaciones alemanas a Canadá y elevar la renta real por habitante un 0,19% (consulting.de).
El mismo tratado se mira de otra manera desde Varsovia o Viena. En Polonia, el debate gira en torno a si las importaciones más baratas perjudican a los agricultores nacionales y si las cláusulas de salvaguardia bastan para protegerlos (Top Agrar Polska). En Austria e Italia, la cobertura se concentra en los estándares alimentarios y los organismos modificados genéticamente (Attac Austria, Adnkronos). La pregunta política es quién puede accionar el freno de emergencia cuando los agricultores locales sienten el golpe.
Francia es ahora el verdadero cuello de botella
El voto de Valonia no pone fin al bloqueo. El Senado francés rechazó la ratificación en marzo de 2024, pese a que el Consejo Constitucional francés había considerado aceptable el tratado en 2017. La resistencia francesa se concentra en la agricultura, las normas de seguridad alimentaria y la soberanía. Como resume Vie publique, un portal explicativo del Gobierno, la mayor parte del CETA ya se aplica, pero las disposiciones sobre inversión aún necesitan una aprobación parlamentaria que París no ha concedido.
Alemania ratificó el tratado en 2022, aunque solo después de que el Tribunal Constitucional Federal exigiera que la aplicación provisional pudiera revertirse. Incluso los gobiernos favorables al libre comercio quisieron conservar una vía de salida.
La cuestión de fondo que deja esta larga secuencia sigue sin respuesta clara: quién se ha beneficiado realmente de nueve años de aplicación provisional. El volumen total de intercambios ha aumentado, pero apenas hay pruebas suficientes para saber si las preferencias arancelarias del CETA han favorecido sobre todo a los grandes exportadores o también a las pequeñas empresas, a las regiones industriales o a las periféricas. La tensión estructural permanece. La UE diseña acuerdos comerciales que van mucho más allá de los aranceles y entran en el derecho de inversiones y los estándares regulatorios. Cuanto más lejos llegan esos pactos, con más fuerza reclaman voto los parlamentos nacionales. El sí tardío de Valonia no cambia esa dinámica. Volverá a aparecer con cada acuerdo ambicioso que Bruselas intente cerrar.
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